Llantos de niñas.
A pesar del buen estado de nuestros sentidos estamos siegos, sordos y mudos en el sentido estricto de las palabras. Y se hace notar en nuestra indiferencia.
Las niñas han sido quemadas y olvidadas, las niñas fueron violadas, las niñas fueron sometidas a vejámenes, las niñas tuvieron que ser forzadas a abandonar sus pueblos para ir a buscar el pan de los suyos.
Las niñas pasaron noches de hambre y tragos amargos encerradas en una habitación oscura... y fueron obligadas a ceder su templo sagrado a los peores mounstruos, que pagaron con sucias monedas a un o una comerciante de personas, para profanar su ser inocente, para convertirle en un objeto de placer... Las niñas no pueden explicar el inmenso dolor y el asco que les provoca haber pasado el infierno.
Las niñas han sido vendidas al extranjero a familias pudientes para llenar un vacío, para ceder sus órganos a otras personas con etapas terminales.
Las niñas no son queridas por muchos padres cuando nacen;
Las niñas no tienen derecho a obtener herencia porque su obligación es irse con el marido, y quizá convertirse en esclavas.
Las niñas no tienen derecho de hablar, de reclamar justicia.
Las niñas han quedado embarazadas producto de una violación del abuelo, del hermano, del tío... y han sido obligadas a procrear contra su voluntad a sentirse “bendecidas”...
Las niñas son víctimas directas de la indiferencia del estado.
Congresistas y funcionarios del ejecutivo como del judicial han pagado cobardemente en burdeles o carteles de trata “los servicios sexuales” de niñas para satisfacer sus deseos de placeres nauseabundos e inmundos. Las niñas cobardemente son llevadas a hoteles, moteles y a casas particulares a ser violadas y después a ser olvidadas como objetos en la sociedad podrida.
SABEMOS TODO ESO Y MÁS...
Pero tenemos el peor de los trastornos sociales. Estamos siegos, sordos y mudos. No queremos ver, oír y decir nada por el llanto de las niñas.

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